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"El viaje de tu vida" bien pero...

(Por Angel García)

David Copperfield visitó nuestro país durante los meses de Mayo y Junio, actuando en 7 ciudades españolas. Recogemos la crónica de su actuación.


Martes, 13 de Junio del 2.000.

Cuando David Copperfield vino a España en el 98 no pude asistir y tuve que conformarme con los comentarios de quienes sí estuvieron. Lo malo es que, por aquéllo de los gustos, cada uno daba una opinión distinta, desde "Alucinante" hasta "Decepcionante", pasando por todos los adjetivos intermedios. Asi que el pasado viernes me fuí a la presentación de "El Viaje de tu Vida" en el Palacio de los Deportes de Madrid. Había leído algunos artículos que no me cuadraban demasiado, y no estaba dispuesto a incurrir en esa práctica tan extendida en determinada prensa: juzgar el trabajo ajeno sin siquiera haberlo visto.

Despues de abandonar en el parking cualquier idea preconcebida, entré al recinto todo lo desprovisto de prejuicios que se puede en estos casos. El estadio estaba cubierto por interminables telas negras dispuestas para preservar los secretos entresijos del show de cualquier destello inoportuno, y de la mirada curiosa de cualquier "mago enmascarado" vocacional. No faltó el "famoseo" como es de rigor.

Una vez dentro, la atención y el trato de la legión de azafatas vestidas de bruja y de otros tantos azafatos con capa y chistera que te obsequiaban con un cepillo de dientes "por si tenías que viajar", así como del resto del personal, fué más amable y correcto de lo común, si bien adecuado al precio tan poco común de las entradas.

Tras un programado y muy de agradecer retraso de media hora para esperar a los más rezagados, (yo fuí uno de ellos) se oscureció el recinto, mientras que por los laterales brotaban las primeras humaredas de la noche. De lo más alto surge el famoso ascensor que desciende "vacío", en cuyo interior se materializa poco despues Copperfield arrancando el primer aplauso de la velada. Una buena forma de entrar en escena que no por conocida resulta menos efectista.

Con un escueto "Buenas noches. ¿Están listos?" en castellano (parece que con sus visitas a España ha ampliado un poco su vocabulario) arranca con el conocido número de la mujer sin cabeza.
La verdad es que sólo 3 fueron nuevos. El resto, como "The Wall" o "Desappearing Girl" ya se habían visto en alguno de sus shows televisivos. Según me informaron, comerciálmente funciona mejor lo que se ha pasado antes por TV. Es posible. Claro, que yo hubiera preferido ver más cosas nuevas.

Lo primero que me llamó la atención aunque ya le había visto en algún programa reciente, fué su cambio de imagen. Nada que ver con el look de antaño. Me cuentan que cuando decidió lanzarse a la "conquista" de Europa, pensó que adoptar un aspecto más europeo le facilitaría la conexión con el público. Según dice -creo que no miente- lo que más le satisface es el contacto con la gente. ¿Algún psicólogo en la sala? Al margen de ésto, yo juraría que se ha "retocado" alguna parte del rostro. No se... ¿Tal vez la nariz? ¿La barbilla? ¿Alguien lo sabe?.

Cotilleos aparte y volviendo al show, el juego de "Los Ases McDonalds", video del abuelo incluído, diría que lo ejecutó con más suavidad que en el especial de TV -no en vano han pasado unos cuantos años-. Claro que, la rutina es tan traicionera aun siendo necesaria, que con el tiempo puede convertirse en un lastre. Y ésto es algo que sí se notaba. Son demasiadas representaciones (en Madrid, 8 en 3 días) como para mantener la frescura del principio. No tanto ocurrió con lo más novedoso, ni tampoco con el difícil contacto directo con un público que habla otro idioma.

En cuanto al mencionado ritmo, se comete con mucha frecuencia un error valorativo que ya he leído de varios críticos pretendídamente especializados. Le acusan de no tener el mismo ritmo que en televisión, y lo achacan a la desgana o al cansancio. No es del todo cierto. El ritmo que apreciamos en TV lo imprime el realizador a voluntad por medio de la planificación, de tal manera que lo que vemos es la consecuencia de los cambios de ángulo, de plano, de perspectiva y de cámaras, sumado a la cantidad de saltos de plano por minuto. Una misma secuencia puede parecer eterna o trepidante en función del montaje que se elija. Obviamente, en un teatro la misma escena se desarrolla tal cual, a su tiempo y ritmo real, y desde un único punto de vista: el de nuestros ojos. De Copperfield, la única referencia que habíamos tenido hasta ahora provenía de televisión, y esa idea es la que conservamos y tomamos inconsciéntemente como punto de comparación.

Antes aludí a la dificultad añadida que de por sí supone la barrera idiomática. Consciente de ello, Copperfield se ve forzado a conectar con el auditorio a fuerza de recursos. Se hace simpático y hasta entrañable.
Desde el principio se esfuerza en romper con la pose que se presume a una "superstar". Acorta distancias y derriba la "cuarta pared". Se muestra más humano, más cercano al público. Baja al patio de butacas y recorre el largo trecho que separa el escenario de las últimas filas para saludar a los que ocupan los pisos más altos; intenta repetir nombres en castellano y hace chistes malos con ellas. Cerca del final, presenta a sus padres que están sentados en la primera fila, y anuncia que es el cumpleaños del padre. Casi sin ayuda del traductor pretende que los espectadores le canten el "happy birthday to you"... y lo consigue. Me entran temblores sólo de imaginarme en semejante situación, haciendo lo propio ante un auditorio anglosajón, al que debo hacer cantar el "Feliz, feliz en tu día".

Voviendo al intérprete, entiendo que es necesario, pero tambien incide en esa pérdida de ritmo. Era frecuente que se juntaran ambas voces, no pudiendo entender a ninguno. El sonido, demasiado estridente para mi gusto, era imprescindible para disimular el funcionamiento de algunos motores que no debían escucharse.
A pesar de que un montaje como éste no puede pararse en detalles cuando está de gira, no habría costado mucho jugar más con las luces y meter unos cuantos efectos adicionales que habrían ayudado a caldear el ambiente. En general, lo ví demasiado sobrio, si bien es cierto que desde las primeras filas, lo ganado en proximidad y en detalle se pierde en perspectiva.

Gracioso el gag del pato que se cuela contínuamente en el escenario en busca de su momento mágico. Creo, porque me distraje en ese momento, que el pato "Webster" salta del escenario y camina hasta un espectador (¿Cómplice?) que es el elegido para sujetar el barril, en un extremo del tablado. Tras comprobar que está vacío, David mete al pato dentro de una caja situada en el centro. Como es de esperar, desmonta la caja tabla a tabla, y el pato ha desaparecido para materializarse en el barril que sostiene el espectador. Luego lo repite a cámara lenta, a modo de gag cómico.

El esperado viaje a Hawai, sin ser mi tipo de magia preferido, no me disgustó del todo. Está bien resuelto y consigue impactar. Confieso que durante un tiempo me dejó bastante desconcertado. Tardé en darme cuenta de la relación entre éste y el viaje de los 13 espectadores. Bien resuelta tambien la infiltración de los dos cómplices dentro del grupo.

Por lo demás, hubiera agradecido alguna rutina de "close-up". Bonita por lo sencilla y efectista, la aparición y desaparición de la chica cuando él se queda soñando solo en el teatro vacío, y aunque el número final de la Harley-Davidson que aparece en medio del patio de butacas es bastante espectacular (y ensordecedor) yo habría programado el "Flying", por su originalidad, por ser con lo que más se le identifica y, para ser sincero... porque yo no lo ví el año pasado.

Quizá abusó demasiado de las cajas de desapariciones, variando sólo la forma y la presentación. Lo mejor de todo: haber podido asistir a un gran espectáculo de magia en directo, cosa que desgraciadamente no se da todos los días. Lo peor: el precio de la entrada, y que por un descuido una niña tonta me quitara la pelota en el último instante. Conclusión: eso se lo dejo a otros.

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